AFDA 12


 PORTAVOZ DE MAGISTERIO Y ESTILO
--------- 1 DE DICIEMBRE -------

NÚMERO DOCE


ÍNDICE. AFDA, 1 de diciembre, 2011
Pregón: Magisterio: enfoques adecuados.
Reflexión: O Emmanuel! 
Hemos leído-hemos oído: 1. El califa sin nombre. Crónicas de Al-Marsur. 2. El arpa de Rosa Mª Díaz Cotán. 3. Comedia infantil.
Rincón de Apuleyo y de nuestros poetas: Versos puros para conversar con DiosSoneto desde el sentimiento: Viento de otoño. A Carlos Urdiales, fijo en el Portal.
Afderías: Ventolerías.
Nuestra Escuela de Vanguardia: Los maestros del mañana. II Algo así como una seducción.
Música vivida y apuntes para el recuerdo: Rosa María Díaz Cotán. El arpa.
Nuestro castillo interior: Oración de la maestra. 
Ignacio Segovia: RIP-Sit tibi terra levis.

ADDENDA
Una frase bíblica al mes: ¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra. 
Documentos de oro: Hasta el fin de la vida hemos de trabajar. No tenemos descanso. Séneca.  
Colaboraciones: De piedras y canteros. La Cruz de la Victoria, bandera y logotipo.
Tarimilla literaria: Poemario escolar, 10-12 años. Castilla. 
Nuestra escuela de vanguardia: Tras media docena de respuestas de cinco alumnos de la ESO.




PREGÓN

Magisterio, enfoques adecuados


La educación a nivel nacional anda mal. No es que a nivel europeo vaya mucho mejor, lo que no es un consuelo. Deberíamos empezar por mejorar la nuestra, la que tenemos cerca, la educación que importa a los  estudiantes españoles.

Es fácil que nuestros políticos piensen y se decidan, en su intención de mejorarla, a dotarla de un presupuesto mejor, pingüe, si es posible. Lo han hecho otras muchas veces o han pensado que el gran remedio estaba ahí, en echarle dinero a la educación. Siempre resultó flaco remedio.

En nuestros años jóvenes, de estudiantes de magisterio, se nos repetía que“la escuela es el maestro y el maestro, su concepción de la vida” (Orizana). El foco de atención de la calidad de la educación ha de dirigir su chorro de luz al profesorado. Una sociedad sensata, con una mínima dosis de sindéresis, debería dedicar a sus mejores individuos a la educación. Las personas mejor dotadas de una sociedad no pueden hacer cosa mejor que dedicarse a ser exclusivamente educadores.
Primero, el maestro. Lo demás, después, por añadidura.

En la añadidura hay mucha tela que cortar. Dos muestras al azar. 

1. Millares de horas se dedican al trabajo de la lengua, incluso con tecnología puntera, desde la educación infantil hasta concluir el bachillerato. Esto puede satisfacer a las mentes administrativas y a los corazones administrativos. Pero no a quienes piensan que con la mitad de ese trabajo el alumno debe aprender a leer y a escribir perfectamente y, aun con menos, a que le apasione su ejercicio. Se marea la perdiz con gramáticas y análisis en las clases de lengua… Falla el enfoque. No se ha entrado en la fértil entraña de la lengua ni en el oro de su literatura. Los alumnos dejan del colegio sin llevarse en sus adentros para siempre el veneno de la lengua y de la literatura, que hubiera elevado su existencia.
                 
2. Repetidas veces hemos dicho que el problema de las clases de religión no es si puntúan para pasar de curso y si han de baremarse en la nota media del alumno. El problema es que los profesores de religión (y el de los altos responsables de esta formación religiosa a nivel nacional o internacional) se contentan con hacer grata su clase y no se han propuesto formar teólogos de sus alumnos. Sí, teólogos -"sermo de Christo Deo", en Eusebio de Cesarea- , y fuera los barnices y el preguntar a los alumnos de qué quieren que se hable en sus clases uno y otro curso, precisamente durante los mejores años para que un serio aprendizaje fuera muy lejos y fuera muy valioso. Falla  el arranque: el ambicioso gran horizonte.


En lengua y literatura y en religión –extiéndase el razonamiento a las demás asignaturas – los alumnos españoles necesitan verdaderos maestros, que se les sumerja en una atmósfera de didácticas audaces y que se les propongan metas literarias y religiosas, magnánimas, ambiciosas, entusiastas…

Lo adecuado: enfocar debidamente la educación en su conjunto y pieza a pieza.


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Decíamos ya ayer…

Cantábamos hasta ayer mismo
las bellísimas antífonas mayores del Adviento.
¡Qué  latín y qué gregoriano, Dios Santo!

Nos parecía, al recitar aquel suplicante gregoriano,
que continuábamos el anhelo, hecho oración,
del coro de  nuestros antepasados visigodos
de la catedral de Toledo.
La Cristiandad entera  cantaba poderosa
en el viejo Toledo del siglo VII y, entonces, 
con nosotros, suplicaba expectante.
Aguardábamos con gozosa y sacra impaciencia 
el parto de la Virgen.
San Eugenio III, el poeta y delicado obispo
de aquella sede toledana, estaba con nosotros.
Él fue quien  les dio el nombre de Expectación del Parto
a aquellos días del adviento.
Acompañaban a San Eugenio
los memorables padres del décimo concilio de Toledo
(año 656).
Ellos le dijeron a su obispo que sí
e instituyeron la festividad de Nuestra Señora de la O
o de la Esperanza.
San Ildefonso le dio color y alas
a  esta deliciosa fiesta de la  santa espera
para que volara  lejos de Toledo
y se derramara por la Cristiandad.


Nuestra reflexión de ayer y de hoy
Isaías había profetizado:


O Emmanuel,
Rex et legifer noster,
exspectatio gentium,
et Salvator earum:
veni ad salvandum nos
Dominus Deus noster.


Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro,
expectación de las gentes y salvador de los pueblos:
ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

Isaías había profetizado:
«Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.» (Isaías 7, 14)

Ya están lejos los días en los que las notas esperanzadas de la antífona Emmanuel no vibraba sólo entre las amplias túnicas de los monjes bajo las bóvedas de los monasterios. Gozosas, se derramaban por los valles junto al hortelano. Subían con el paso tardo de las yuntas de bueyes junto al labriego. O hasta los altos riscos, con el pastor.

¡Oh Emmanuel, Dios con nosotros! Ya los cristianos, es pena grande, difícilmente saben endulzar sus labios con estas mieles. Pero, al menos, vamos hoy a izar este grito en el mástil más elevado de nuestra conciencia, como una grímpola jubilosa que lleve escrito el poema de nuestra confianza.
¡Dios con nosotros…! ¿Quién contra nosotros?
Ya podemos andar nuestro camino por el mundo sin temor en el alma. Las bíblicas alas del Señor nos han cobijado.
Recordáis la escena: un trirreme romano se debate impotente entre las olas encrespadas. Temen los marinos y se aterran los soldados. Entre el fragor ha hablado un hombre y los ánimos antes abatidos se rehacen optimistas:
¡César va con vosotros!


Otra voz menos pretenciosa, pero más eficaz, infinitamente más eficaz, se oyó en una barca del lago de Genesaret y se oye en nuestras almas cuando la tempestad hace rodar sus truenos: ¿Por qué teméis?


¡Oh Emmanuel! Para el cristiano el temor de las cosas no tiene sentido cuando tiene a Cristo junto a él. ¿Será la enfermedad, será la deshonra, será la muerte las que puedan más que nuestro Cristo, que nuestro Emmanuel?
                                                                                                                 CUR

La reflexión está tomada del trabajo 
“Treinta reflexiones sobre algún aspecto o máxima
de los evangelios o liturgia del adviento”,
 con el lema Maranatha!
Primer premio en las IV Jornadas Catequísticas Nacionales.
Celebradas en Barcelona, en 1953.


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El califa sin nombre. Crónicas de Al-Mansur
Nicolás Caparrós. Biblioteca Nueva, Madrid, 2002



Estamos ante una espléndida novela histórica. Nos adentra en la España del siglo X. Son los años españoles del inteligente Abderramán III y de su culto hijo, Alhaquem II. Cuenta la novela principalmente la historia de Almanzor, “el Victorioso”, califa sin nombre y azote de Castilla.

El autor, que hizo sus estudios medios en el Instituto y en La Salle de Almería del siglo XX,  parece haber vivido de cerca en la cimera Córdoba del siglo X, émula de Damasco y de Bagdad.

El autor, psiquiatra de profesión, por el espacio que dan de sí 252 páginas abandona la clínica y sumerge al lector en una crónica fascinante.

Es frecuente la correlación entre médico y humanista. La de psiquiatra y novelista se logra aquí a la perfección.


Descendiendo al detalle didáctico, que es más nuestro.

Algunos de sus logros expresivos conservan el perfume de los carriles creativos –enumeraciones de nombres y calificativos bien ajustados-, por los que se deslizaban nuestros alumnos en las clases de redacción.

Los zocos, más abastecidos que nunca: olorosas especias, pesadas pieles, miel brillante y dorada, panzudos odres de aceite, crepitante trigo, lucientes arracadas y todos los colores del arco iris en las piedras preciosas llegadas de los más distantes lugares. (p.14)

El fulgor de las comparaciones también recuerda las clases de redacción, que eran las sesiones de trabajo más esperadas de la semana:

En la barba del anciano goteaba el oscuro rubí del vino, rojo cual la sangre de una doncella, ardiente como la batalla. (p. 131)

El logro creativo a veces se condensa en una afirmación  magistral. Merece la pena, por llegar a ella, haber hecho el camino de páginas y páginas:

Hablar bien es un paso más hacia lo eterno. (p. 98)
¿Se ha visto alguna vez un pueblo que medre sin ser diverso? (p. 86)
A la redonda luna de Bagdad le había sucedido el rotundo sol de Córdoba. (p. 14)

O los ejercicios de enfoque subjetivo con antítesis:

Aquellos trabajos de los alarifes (…) cincelaban la mirada de la muerte que siempre me ha parecido ver en una estatua griega, de la que uno nunca sabe si mira al más allá o a la incierta tierra que la soporta. (p. 78)

Quienes tengan paladar para saborear la mejor literatura plateresca o deleitarse con los deslumbramientos culteranos y las cabriolas conceptuales del barroco tienen en este libro una novela histórica tejida con un lenguaje moderno que en nada desmerece y hasta actualiza los mejores estilos literarios de nuestros clásicos.
Palmera

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Comedia infantil, Mankell, Henning. (2002) 
Tusquets Editores SA, Barcelona.

En una ciudad portuaria africana, un hombre solitario contempla el panorama nocturno desde el tejado de un teatro. A sus pies, en un sucio colchón, yace moribundo un niño escuálido y maltrecho que ha recogido herido  y ha llevado hasta allí.

Nelio, niño de la calle y profeta, posee a los diez años la sensatez y sabiduría de un anciano. ¿Quién es este niño en realidad? ¿Quién le disparó a bocajarro sobre aquel escenario desierto? ¿Y por qué lo hizo? Durante nueve noches de agonía, Nelio relata la historia de su vida al hombre que lo atiende, consciente de que morirá cuando a cabe su narración.

Es una historia estremecedora y fascinante que comienza el día en que Nelio llega a la ciudad huyendo de una tremenda catástrofe. Su relato nos conducirá por los entresijos  de un paisaje de belleza, barbarie y rebeldía. En su conciencia de niño cobra vida una imagen de nuestro tiempo que permanecerá indeleble para nosotros. 

El libro comienza así:
“Sobre un tejado de barro rojizo quemado por el sol, bajo el estrellado cielo tropical de una noche de humedad sofocante…”

Es la primera novela de Henning Mankell que he leído. Después he leído otras del mismo autor dentro del género novela negra. Ésta la pondría en el grupo de “realismo mágico” y para mí es la mejor de su autor. Se lee en un par de sentadas, pero puede ser bueno hacerlo en las nueve jornadas que dura la agonía de Helio.

Una cita como muestra

Dispárale si quieres conservar la vida, dijo sin más, dispara.
El chico que tenía delante se llamaba Tiko. Era hijo de uno de los hermanos de mi padre y, aunque era unos años mayor que yo, habíamos jugado juntos muchas veces. Ahora lo tenía llorando ante mí. Yo lo miraba. Sabía que nunca podría dispararle. Ni siquiera para salvar mi vida. Tenía la certeza de que el hombre de ojos apretados hablaba en serio, de que me mataría, incluso con sus propias manos, si no hacía como me había ordenado.
En este momento me convertí en adulto, aunque en el cuerpo de un niño, ya que tomé una decisión que implicaría con toda seguridad mi muerte. Pero, si no hacía lo que yo sabía que tenía que hacer, mi vida dejaría de tener sentido. No podía dispararle a mi hermano.
Pensé en mi hermana asesinada en el mortero. Quería tenerla en mi mente a la hora de morir, pues sabía que pronto nos reuniríamos, cuando me asesinaran a mí también.
Puse el dedo en el gatillo, apunté el fusil hacia el hombre de los ojos entornados  y disparé. El proyectil se abrió camino en medio del pecho y el hombre cayó al suelo. Aún recuerdo su expresión de sorpresa en el instante de morir. Arrojé el fusil y eché a correr tan rápido como me permitían mis piernas, hacia el sendero por el que habíamos llegado.
Esperaba que alguien me disparase por la espalda en cualquier momento; no dejaba de pensar en mi hermana ni de correr a tal velocidad, que mis pies desnudos apenas rozaban las piedras del camino. En realidad, no era yo quien corría, sino la vida que había en mi interior, aunque yo sospechaba que pronto me darían alcance y acabarían conmigo. Aprendí con los años que hay momentos en la vida en que uno no es más que lo que hace. En aquella ocasión yo no era otra cosa que un par de pies que corrían a toda velocidad, y nada más. (68-69)

Jesús Juárez


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VERSOS PUROS PARA CONVERSAR CON DIOS


¡Qué casual encuentro:
Todos los “Lasalles”
con el Niño dentro!

Dentro de la Cueva,
que es la gran escuela
del Amor por vida.

Jesús nos convida,
Hermanos de leche,
a estar a su aceche.

Aceche o acecho,
vamos a su lecho
de amor por nosotros.

Como Él no hay otro
que sea mejor.
Esta Navidad
quedamos con Dios.
APULEYO SOTO


"Jesús nos convida..."
"Hermanos de leche..."
                                                      
"A estar a su aceche..."

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Á.H.


A CARLOS URDIALES, FIJO EN EL PORTAL


Carlos no quería
salir del Portal.
Le llamaba Aurora
y decía “¡Vaaa!”.

Pero no se iba
de su mismidad,
entrañada en carne
con el Gran Zagal.

“¡Zagalejo mío!”,
volvía a entonar,
y allí se quedaba
amando, no más.








   

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EL  ARPA

                                                                                                                                          por Diego Coca

         Cuando asistí al concierto de arpa  que ofreció  Rosa Mª Díaz Cotán,  sentí el impulso de mostraros su arte y tan bello y complejo instrumento que es el arpa. Por algo la iconografía religiosa muestra escenas celestes de ángeles con arpas, cítaras e instrumentos cordófonos. Cuando con arte se acarician sus cuerdas,  surge esa chispa en nosotros, frágil, intimista, pero ardiente y sublime, que nos hace sentir transcendentes.
         Por esto pretendo haceros partícipes de mi admiración por instrumento tan peculiar y tan emblemático, como por el reconocimiento a esta joven señora del arpa, que une a su arte y maestría su sencillez y encanto como persona.


         ALGO  DE   HISTORIA
     Ya en los años 15.000 a.C., en las cuevas "Les Trois Frères", en Francia, descubren dibujos de instrumentos parecidos al arpa.
En el Egipto Antiguo ha sido el instrumento más popular. Muestra de esto son los grabados en las tumbas de los faraones. La Biblia menciona varias veces el hecho de que el Rey David tocaba el arpa para calmar las iras del Rey Saúl. Este es probablemente uno de los casos más antiguos de terapia del arpa.
Reaparece en la Civilización Occidental con el surgir del cristianismo. Con el desarrollo del canto gregoriano el arpa se convierte en el instrumento preferido para acompañar las voces de los monjes, además de ser uno de los muy pocos instrumentos permitidos en las iglesias.
Es el primer instrumento musical mencionado en las Escrituras. (Gen 4,21, VP; Val; Mod; NM.) La palabra hebrea kinnóhr (arpa) también se traduce “cítara” en varias versiones de la Biblia (BJ, NBE, BC, TA). Los traductores de la Versión de los Setenta utilizaron el término griego ki-thára, recopiando así la mitad, más o menos, de las cuarenta y dos veces que aparece en el texto hebreo. La kithára era un instrumento parecido a la lira (gr. lýra), pero con una tabla de resonancia más llana.

Así pues,  las primitivas arpas que se describen en la historia del instrumento son simples arcos musicales. Si en la Edad Media fue el instrumento en boga, se abandonó su uso durante el Renacimiento, volviéndose a él  en el siglo XVIII con la incorporación de pedales. Hoy las contemplamos evolucionadas hasta cubrir todas las exigencias sonoras que pide una orquesta actual.

Aparición del arpa de orquesta

         En el siglo XVI, luthiers irlandeses proveyeron al arpa de una doble fila de cuerdas. En el siglo XVII se incorpora una tercera fila, la 1ª la 3ª fila eran diatónicas (29 cuerdas cada fila), mientras que la 2ª fila, con 20 cuerdas, estaba reservada para los semitonos.
         A finales del XVII, un luthier bávaro fabricó la primera arpa con pedales. Eran 7 los pedales, correspondientes a los 7 grados de la escala musical, instrumento para el que Mozart escribió su concierto para “flauta y arpa” en 1778.
        Ahora el número de cuerdas se eleva a 47 y son de clases diferentes. La extensión es de 6 octavas y media. Esta es la extensión más amplia después del órgano y el piano.

        El arpa moderna de orquesta incluye más de 1.988 piezas y la presión que ejercen las cuerdas sobre el instrumento es alrededor de 2 toneladas y media. Su construcción supone un costo elevado, por lo que son pocos los luthiers que se aventuran a fabricarla. En este proceso se incluye la utilización de contrachapados de haya, arce o palisandro -de fácil curvado al vapor- para la caja de sonido que, a su vez, está reforzada en su interior por una moldura triangular a veces metálica.
Su constructor debe armarse de imaginación e ingenio para solventar las posibles dificultades que puedan cruzársele en el maravilloso sueño que es la construcción de un arpa. 

Este viaje por la historia y arquitectura del arpa hace escaso honor a la importancia que se merece,  pero puede ayudar a quien hasta ahora desconocía muchos datos de este bello instrumento. 




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LOS MAESTROS DEL  MAÑANA

II.                  ALGO ASÍ COMO UNA SEDUCCIÓN

En otros tiempos hubiéramos hablado quizás del “valor del ejemplo” o del “testimonio de los maestros”; hoy puede que nos parezca más apropiado  referirnos al influjo y al valor de una experiencia positiva y, en cierta manera, a “algo así  como una seducción”. Porque algo de seducción hay en quienes han elegido “ser maestros” gracias al influjo que, generalmente en sus años infantiles, recibieron de sus profesores. Experiencia  cautivadora la de quienes, niños  todavía,  recibieron el impacto afectivo, entre la fascinación y el encanto, de unas personas quizás idealizadas, pero que han permanecido cercanas a sus vidas.

Nuestros actuales estudiantes  afirman que su inclinación al magisterio  les nació de la experiencia escolar, bien por el ambiente de convivencia infantil especialmente cultivado por maestras y maestros, bien por alguna experiencia personal  en las  aulas de los primeros años. Es altamente gratificante encontrar jóvenes que, impactados en su infancia por una figura señera, deciden años después iniciar la profesión de sus  maestros. Se sintieron quizás  cautivados por  el entusiasmo y la alegría en su trabajo: tuve una profesora en mi primer año de Infantil; era una mujer mayor que disfrutaba con su trabajo y hacía que aprendiésemos cosas nuevas, tratándonos como una madre…”. “Con ella aprendí a amar la naturaleza y ella fue la que me impulsó a pensar mi vocación al magisterio”, afirma Raquel. O  recuerdan el clima afectivo,  la actitud de entrega,  el ejercicio  de un trabajo que sobrepasaba con creces los límites impuestos por la profesión. Como sucedió a Verónica: tan bien la trataron en la escuela infantil  que luego siempre ha tenido a sus profesoras como una inevitable y grata referencia en su vida.

Y es que el recuerdo de los maestros de los primeros años no  es algo vago, sin nombres, sin perfiles; al contrario, generalmente tiene nombre propio. El impacto  de aquellos años  se ha quedado grabado y la presencia del maestro queda en el alma y actúa como inspiración para la vida: Recuerdo a mis profesores de Primaria, en particular a Pilar  Ramón y a Teresa B., y las recuerdo con tanto cariño que creo que marcaron, con su forma de actuar y con su forma de ser mi vida infantil”.  Y esto les mueve luego a ser como ellas, a prolongar agradecidas  ese efecto amoroso, esa presencia gratificante  en  las  vidas de sus futuros alumnos.

Pero  no siempre  el influjo de los maestros  se produce en los años mágicos de la infancia. También después, a lo largo de la educación escolar, cuando  se da otra forma de contacto y de encuentro con los profesores: su buen hacer y el buen ambiente creado en el aula fueron motivo para que germinara la  vocación  al magisterio: en ese colegio se respiraba otro ambiente totalmente distinto. Los profesores  te motivaban, se preocupaban de que lo entendieras todo; en  definitiva, disfrutabas aprendiendo. Fue ahí cuando me empecé a plantear mi futuro seriamente. Y puesto que desde siempre me gustaron los niños, sabía que  mi elección tenía que girar en torno a ellos, dice Ana Abad.
Para Ana Campos es una profesora de su adolescencia la que enciende el fuego del magisterio “por el don especial que tenía hacia los niños”. Y le hace ver, darse cuenta de lo bonito que puede ser enseñar cuando uno está dispuesto a ello y quiere”. Esa profesora le enseñó a diferenciar entre los profesores que enseñan por amor y los que enseñan por el mero hecho de que ese es su trabajo”. Irina, por su parte, recuerda a un profesor, Gregorio,  en el primer curso de Primaria: sólo le tuve un año, pero cada día que pasé con él me daba cuenta de que en un futuro quería ser como él, pues de él aprendió a “enseñar con amor, paciencia y comprensión”.  A veces  la imagen del profesor se idealiza y ese ideal actúa como impulso hacia una altura que se considera inalcanzable. Carmen de la Fuente, sintió esa fascinación por  sus profesores (“a algunos no les olvidaré jamás”) y su opción por el magisterio está influida por la altura inalcanzable de esa imagen: intentaré imitarlos para conseguir ser al menos la mitad de buena profesora que han sido ellos”.

Hay quien, a pesar de las dificultades de los primeros años escolares  (me costó muchísimo adaptarme al mundo escolar”)  encuentra en la escuela un ambiente tan positivo y reconfortante que va a quedar como un subsuelo afectivo en el que prenderá, años más tarde, la planta del  magisterio. Javier Alarcos habla de la suerte que he tenido de haber pasado por varios colegios a lo largo de mi vida; y digo suerte porque, a pesar de que pueda guardar mejor o peor recuerdo de los centros, soy consciente de que  todos ellos me han aportado algo importante en mi vida”. Y aunque  en esos momentos no  surgiera nítido el deseo, se mantuvo  latente y luego maduró. Como en el caso de de Pedro Z. que  de niño observaba a mis profesores y comencé a  pensar que me gustaría ser como ellos, es decir, alegres, pacientes, que sabían muchas cosas y, sobre todo, que se preocupaban mucho por mí…”.  Sólo  después, en el Bachillerato, este recuerdo  se hace realidad y los sentimientos de niño  se convierten  en opciones de joven.

Seducción o ejemplo, testimonio o influjo positivo lo que todos destacan es el componente afectivo de un doble sentido: se observa en el maestro una dosis no pequeña de afecto y  se experimenta una entrega, signos  evidentes  del amor que ha de preside toda relación educadora auténtica. Algo que han dicho siempre los buenos pedagogos: el amor al alumno, que trata magníficamente G. Gusdorf en su ya viejo libro (Para qué los profesores) o el “estar con el otro”, “estar al lado del otro” a que se refiere  el también pedagogo francés Ph. Meirieu.

Teódulo GARCÍA REGIDOR 
                                                                        



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CASTILLO INTERIOR DE MAGISTERIO


LA ORACIÓN DE LA MAESTRA







¿Cómo no convertir nuestra misión de maestros en una auténtica y honda plegaria? Así lo hace la maestra y poetisa Gabriela Mistral (1889-1957). 



* Y, claro, la primerísima mirada es para el "Maestro de los maestros", de quien ella, como nosotros, nos hemos adueñado del más preciado de los títulos: el de "Maestro-Maestra" (1ª estrofa).

* Y como Jesús es el Maestro no porque le regalaran el nombre, sino por lo que fue y por lo que hizo en su vida terrena, la poetisa va pidiendo al Señor lo que más rebosa en el Maestro en contraste con lo que más le falta a ella: amor y comprensión de madre para con sus alumnas, fácilmente dadas al desentendimiento y al olvido de su maestra (2ª estrofa)

* fuerza para hacer realidad viva y presente a Jesús o al Evangelio-Jesús, a pesar de "mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre" (3ª estrofa)

* sencillez y profundidad a la vez en sus lecciones cotidianas sobre las maravillas de las letras y de las ciencias, sin empequeñecerlas ni nublarlas con los afanes materiales y personales (4ª estrofa);

* por último, un corazón entusiasta y voluntarioso que abrace a las alumnas dándoles la impresión de estar en una escuela de elegantes columnas y de fuertes sillares, y no en su escuela de carcomidos ladrillos. La maestra chilena termina la 5ª estrofa con unos versos tremendistas, evocando el trágico final del "Maestro de los maestros". ¡Líbrenos el Señor de terminar nuestros días con la lanza de algún resentido alumno en el costado!

Eduardo Malvido


LA ORACIÓN DE LA MAESTRA


Señor, tú que enseñaste, perdona que yo enseñe;
que lleve el nombre de maestra
que tú llevaste por la tierra.
Dame el amor único de mi escuela;
que ni la quemadura de la belleza
sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto.
No me duela la incomprensión
ni me entristezca el olvido de las que enseñé.
Dame el ser más madre que las madres,
para poder amar y defender como ellas
lo que no es carne de mis carnes.

Muéstrame posible tu evangelio en mi tiempo
para que no renuncie a la batalla de cada día
y de cada hora por él.
Hazme fuerte, aún en mi desvalimiento de mujer,
y de mujer pobre;
hazme despreciadora de todo poder que no sea puro,
de toda presión que no sea
la de tu voluntad ardiente sobre mi vida.

Dame sencillez y dame profundidad;
líbrame de ser complicada o banal en mi lección diaria.
Dame levantar mis ojos de mi pecho con heridas
al entrar cada mañana en mi escuela.
Que no lleve a mi mesa de trabajo
mis pequeños afanes materiales,
mis mezquinos dolores de cada hora.
Aligérame la mano en el castigo
y suavízamela más en la caricia.
Reprenda con dolor para saber que he corregido amando.

Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos.
La envuelva la llamarada de mi entusiasmo
su atrio pobre, su sala desnuda.
Mi corazón le sea más columna y mi voluntad más oro
que las columnas y el oro de las escuelas ricas.
Y, por fin, recuérdame,
desde la palidez del lienzo de Velázquez,
que enseñar y amar intensamente sobre la tierra
es llegar al último día
con el lanzazo de Longinos de costado a costado.


Gabriela Mistral





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Se nos ha muerto Ignacio Segovia Juárez, uno de nuestros adelantados en el alto magisterio que vivimos ayer y seguimos profesando hoy.

Era mayor que nosotros. Le conocimos, admiramos y tratamos como a maestro de una pieza, cabal caballero cristiano, español de pro…

Entre nosotros se dice que se asomaba al gran teatro de este mundo con los ojos de su espíritu de fe, que lo emprendía todo con la vista puesta en Dios y que todo lo atribuía al Dios Todopoderoso y Providente. Indudablemente fue un hombre de fe.

Su paso por este mundo deja la estela propia de un sabio humanista, rara avis en nuestros necios tiempos, la de un poeta de altos vuelos que rimaba lo clásico con lo barroco, la del pensador de las hermosas síntesis. Le haría sonreír el romano STTL de más arriba y lo abrazaría con gusto al lado del RIP cristiano porque ahora ya ha hallado en Cristo la Paz cristiana y el Humanismo que buscó. Tras su largo camino, descansa ya en la ancha Paz que suma todo lo bueno humano y divino, afirmativo y sumador que él fue.

Sarmiento de la misma vid, le teníamos por amigo y por uno de esos generosos vinos con los que el bíblico Señor de la viña ha venido alegrando nuestros corazones de viadores. 

Nos duele su partida para la eternidad. RIP y STTL.
VIADOR CUR


*  Ángel Hernández, que como Ignacio Segovia fue alumno del sin par y glorioso Colegio de Santa Susana, de Madrid, nos cuenta que nuestro buen amigo muy probablemente hiciera una personal interpretación de las letras iniciales del Sit tibi terra levis, hallando en ello ocasión para manifestar su fe y mostrar la alegría que el sólo pensamiento del salto hacia la eternidad le proporcionaba: Soy ToTalmente Libre, STTL.